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jueves, 25 de abril de 2019

CURUZÚ CUATIÁ- CORRIENTES- ARGENTINA:

MUSEO “TARRAGÓ ROS.”

La Dirección de Cultura y Turismo, de la Municipalidad de la ciudad correntina de Curuzú Cuatiá, nombre que en la lengua guaraní, significa “Cruz de Papel”, o según otros “Cruz de Caminos”, nos explicaron sobre la Historia de Trarragó Ros, el “Rey del Chamamé”…
“En la ciudad de Curuzú Cuatiá, provincia de Corrientes, a los veintiún días del mes de junio, del año mil novecientos veintitrés.
Ante mí, jefe del Registro Civil, Antonio Ros, color blanco, de treinta y seis años, español, soltero, hacendado, domiciliado en esta ciudad, declaró: que el día diecinueve del corriente, a la hora una, en su domicilio, nació, el varón, Tarragó, color blanco, hijo natural del declarante, y de Florinda Reina.”
Así refiere el Acta Oficial, del nacimiento de Tarragó Ros. Años, después, músico popular, llamado el “Rey del Chamamé.”
Un acta posterior, da cuenta, del casamiento, de los padres, y también del nacimiento, en 1918, de Antonio Ros, registro completo de familia.
Los primeros años, de Tarragó, giraron, en torno a la barraca de cueros, propiedad de la familia, especie de puerta abierta al mundo.
Allí, conoció, a peones, mariscadores, gauchos oscuros, con sombreros de grandes alas, y también a músicos, de emoción intensa. Algunas veces venían montados en las gigantescas carretas de seis u ocho caballos, otras los veían pasar, acordeón y guitarra en mano, caminando una tarde de sábado rumbo al baile.
Muy pronto, más entrañable que los amigos, que la escuela del centro le proponía, le resultaron los de los barrios y caseríos, más apartados.
De alguna manera, consiguió una armónica, y no fue raro, que, aunque los padres, le incentivaron a estudiar, piano, el quisiera tocar el acordeón, y también la batería, que había visto, en algún baile del pueblo.
A los quince años, ya integraba, distintos conjuntos, con su hermano, y algunos amigos, y a los diecisiete, ya decidido, por el chamamé, emprendió, sus primeras giras.
Con dos o tres músicos, subían a un tren, se ganaban el dinero, para el viaje, tocando, para los pasajeros, y en una de esas aventuras, llegaron hasta Buenos Aires.
Pero el grueso de su trabajo, menos escaso que las ganancias, estaba aún, en Corrientes, en los alrededores de Curuzú.
Ya por ese entonces, Tarragó, sentía que su pasión, por la música, estaba atravesando por algo más, que el gusto de la aventura personal.
Y para dar difusión y sostén, a esa conciencia cultural, el 15 de julio de 1943, apareció, la primea edición del quincenario “Brisas Correntinas”, editado y dirigido por él mismo.
Las publicaciones, incluían un editorial, letras de canciones, con columna humorística, unos versos dedicados a Tarragó, por su amigo Luis Torres, anuncios de programas radiales y bailes.
Ese mismo año viajó a Buenos Aires, integrando el “Trío Taraguí”, que dirigía Pedro Sánchez, y que tampoco, le daba mucho sustento.
Primero, habían sido los muchachos escuchados, en la infancia, en Curuzú, después, las historias de jóvenes, e impensados talentos, descubiertos en parajes remotos, leídas en “El Alma que canta”, o vistos, en cine.
Ya en Buenos Aires, otra visión, alimentó, sus sueños adolescentes, y hambrientos -de ídolo popular-, la imagen de Ramón Estigarribia, músico apodado: “El Yaguareté”, comiendo con deleite y sin privaciones, feliz, y rodeados de amigos, en un restaurante del centro.
En aquel momento, fue además acordeonista de Mauricio Valenzuela, de quien, más tarde, hablaría agradecido, por sus enseñanzas profesionales, y también tocó, junto a Mario Millán Medina, Isaco Abitbol, Ernesto Montiel, Pedro Mendoza, y Luis Acosta, quienes fueron sus amigos, que estuvieron, cercanos, en su corto paso por la capital.
En 1944, regresó a Corrientes, al frente de un elenco llamado “Melodías Guaraníes”, cuya dirección, en algún momento, compartido con el cerebro y bandoneonista Oreste Hernández.
Realizó numerosas actuaciones en el Litoral Argentino, y en Brasil, además de presentarse, en Radio Prieto, Radio Callao, y la Voz del Aire.
Numerosos anuncios de la época, rememoraron, lo completo del programa. Si se realizaban en un cine, la primera incluía, por ejemplo, la proyección de “Amo del Arrabal”, “Tierra sin Ley”, o “Baile y Pasión”, y si no, la segunda era, la única, pero ofrecía chamamé, polcas, galopas, schotis, balseados canciones regionales en dúo.
El Bottellista, podría ser Valentín Zárate, y si la actuación, era en Curuzú Cuatiá, el cantor y glosista, podía ser Gregorio Benítez, encargado de la barra y amigo fiel de Tarragó.
En 1945, en vista de las dificultades, para conseguir trabajos bien pagos, aceptó reemplazar a Tránsito Cocomarola, en el conjunto de Emilio Chamarro.
Actuó, con él, casi tres años, durante los cuales, maduró, como instrumentista y compositor, pero sobre todo fue definiendo su propio estilo, que, sumado a su fuerte personalidad, pronto desembocaría, en su carrera como director.
En 1947, en su fugaz unión con Elias Crespina Molina, nació Antonio. Ese mismo año, decidió volver, a independizarse, profesionalmente, y para ello, se radicó definitivamente en la ciudad de Rosario, en las puertas del litoral, y cerca de Buenos Aires.
Intentó, sus primeros grupos, hizo sus primeras actuaciones en la Ranchada, un local, propiedad, de Emilia Chamorro, en el Club Huracán de Entre Ríos, en el Centro Correntino de Rosario.
Fue allí, precisamente, en 1948, que incorporó a Carlos Olmedo, quién sería, hasta el final, su cantor, animador, y amigo fiel.
Aquel conjunto, se completaba con Felipe Lugo Fernández, Rómulo Velásquez, Adriana Seva, Edgar Estigarribia, y Alonzo, y el nombre de este título, perdido en la memoria.
Los comienzos, no fueron sencillos. Las frecuencias eran, en las fiestas, organizadas, por los prácticos del puerto, y también en los bailes montados, por el mismo Tarragó, en los que, a su conjunto, se solía sumar, una orquesta de Tango, y otra de Jazz.
La suerte era diversa, sin embargo, en aquel momento, el músico, se sentía dueño, de su oficio, y su decisión de persistir, era cada vez, más fuerte.
Sobre todo, había sentido agitarse de emoción, el aire, entre él y el público, cada vez que subía a un escenario.
Trabajó así, hasta 1954, año en el que realizó su primera grabación.
Acompañado por Antonio Niz, y Felipe Lugo Fernández, dio una prueba en Odeón, impactando por su estilo punzante, e irresistiblemente bailable, y grabó un disco de 78 rpm., con el Toro, y Don Gualberto.
Su repercusión, fue inmejorable, y al año siguiente, volvió a grabar, y a partir, de allí, comenzó su ascenso.
Ya entonces, había agregado a las bombachas, unas corraleras, bordadas, que había tomado de las antiguas imágenes de Carlos Gardel, a quien mucho admiraba.
Su estampa de hombre muy alto, y de sonrisa mansa, comenzó a ser sinónimo de ese fragor alegre, que se destacaba en los bailes, desde el primer acorde, que pulsaban sus dedos…
Llegando a los años 60, era uno de los músicos, más populares, de toda la zona de influencia, y uno de los mayores vendedores, de discos del país.
Los sellos discográficos, se disputaban su contrato.
En 1964, había pasado, el millón, de placas vendidas, y fue distinguido, con su primer disco de oro.
Más adelante, obtendría, otro, uno de platino, y el preciado Templo de Oro, que las compañías discográficas, ofrecían, sólo, a sus grandes estrellas históricas.
Un día, en 1966, se encontraba, de paso por Buenos Aires, cuando se le apareció Antoñito, a quien poco, había vuelto a ver.
Regresaron, juntos a Rosario, y ante la decisión del jovencito, y en vistas, de sus habilidades, con el acordeón, el padre, le dio, en su conjunto, un puesto de acordeonista suplente y presentador.
Entre tanto, Tarragó, tenía su propio salón, de baile, en Rosario, Humberto Primo, y no abandonaba, la actitud gremial, en a seccional, Rosario, de la Unión Argentina de Variedad.
El 772, al que dedicara un chamamé, era el Siam Di Tella, que manejaba Pepito, y que, en esos años, conducía al conjunto en permanentes giras, por todo, y cada uno de los pueblos y ciudades del Litoral.
Los sucesivos discos, larga duración, las radios, y sus frecuentes presentaciones televisivas, afianzaron su popularidad, cuando ya comenzaba a ser   el “Rey del Chamamé”.
En la intimidad de su casa, en Rosario, se le podía ver cenando, a la madrugada, junto a Angelita Lezcano, su compañera de los últimos dieciséis años, conversando con ella, y escuchando, siempre por la radio, chamamés…
Llegó a componer, casi doscientos temas.
“El desconsolado”, “¿Por qué te fuiste?”, “Madrecita”, “A Curuzú Cuatiá”, “Caña con ruda”, “El afligido”, “Escuelita de mi ayer”, son algunos de los más conocidos; grabó una veintena de discos larga duración, e influenció, a toda una generación, de intérpretes del chamamé.
Cuando sintió, el primer y último aviso, de su corazón, se levantó tranquilo, se afeitó, se vistió, con su cuidada elegancia habitual, y salió para internarse, en el Sanatorio Corrientes, en Rosario.
A las 14 horas, del sábado 15 de abril del año 1978, dejó de existir, víctima de un paro cardíaco.
Su deseo había sido dejar sus restos en Curuzú Cuatiá, y hasta allí, fueron llevados, en un lento cortejo fúnebre, en cada pueblo, saludado por los lugareños, que mucho lo habían querido.
Aún hoy, suele haber flores frescas, en su Monumento y en su tumba.

Se agradece a la Dirección de Cultura y Turismo de la Municipalidad de Curuzú Cuatiá, todo este apasionante informe, de la vida de su ídolo, el “Rey del Chamamé”, Tarragó Ros.

DESEO ACLARAR, QUE LA PRÓXIMA ENTREGA, SERÁ, PRECISAMENTE, EL VIDEO DEL MUSEO DE TARRAGÓ ROS, EN ESTA CIUDAD DE CORRIENTES, CORAZÓN DEL CHAMAMÉ, QUE SERÁ, SI DIOS QUIERE, DECLARADA MÚSICA Y PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD, POR LA UNESCO, TRÁMITES MEDIANTES...
  








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