MUSEO “TARRAGÓ ROS.”
La Dirección de Cultura y
Turismo, de la Municipalidad de la ciudad correntina de Curuzú Cuatiá, nombre
que en la lengua guaraní, significa “Cruz de Papel”, o según otros “Cruz de
Caminos”, nos explicaron sobre la Historia de Trarragó Ros, el “Rey del Chamamé”…
“En la ciudad de Curuzú
Cuatiá, provincia de Corrientes, a los veintiún días del mes de junio, del año
mil novecientos veintitrés.
Ante mí, jefe del Registro
Civil, Antonio Ros, color blanco, de treinta y seis años, español, soltero, hacendado,
domiciliado en esta ciudad, declaró: que el día diecinueve del corriente, a la
hora una, en su domicilio, nació, el varón, Tarragó, color blanco, hijo natural
del declarante, y de Florinda Reina.”
Así refiere el Acta Oficial,
del nacimiento de Tarragó Ros. Años, después, músico popular, llamado el “Rey
del Chamamé.”
Un acta posterior, da
cuenta, del casamiento, de los padres, y también del nacimiento, en 1918, de
Antonio Ros, registro completo de familia.
Los primeros años, de Tarragó,
giraron, en torno a la barraca de cueros, propiedad de la familia, especie de
puerta abierta al mundo.
Allí, conoció, a peones,
mariscadores, gauchos oscuros, con sombreros de grandes alas, y también a músicos,
de emoción intensa. Algunas veces venían montados en las gigantescas carretas
de seis u ocho caballos, otras los veían pasar, acordeón y guitarra en mano,
caminando una tarde de sábado rumbo al baile.
Muy pronto, más entrañable
que los amigos, que la escuela del centro le proponía, le resultaron los de los
barrios y caseríos, más apartados.
De alguna manera, consiguió
una armónica, y no fue raro, que, aunque los padres, le incentivaron a
estudiar, piano, el quisiera tocar el acordeón, y también la batería, que había
visto, en algún baile del pueblo.
A los quince años, ya
integraba, distintos conjuntos, con su hermano, y algunos amigos, y a los diecisiete,
ya decidido, por el chamamé, emprendió, sus primeras giras.
Con dos o tres músicos, subían
a un tren, se ganaban el dinero, para el viaje, tocando, para los pasajeros, y
en una de esas aventuras, llegaron hasta Buenos Aires.
Pero el grueso de su
trabajo, menos escaso que las ganancias, estaba aún, en Corrientes, en los
alrededores de Curuzú.
Ya por ese entonces,
Tarragó, sentía que su pasión, por la música, estaba atravesando por algo más,
que el gusto de la aventura personal.
Y para dar difusión y
sostén, a esa conciencia cultural, el 15 de julio de 1943, apareció, la primea
edición del quincenario “Brisas Correntinas”, editado y dirigido por él mismo.
Las publicaciones, incluían
un editorial, letras de canciones, con columna humorística, unos versos
dedicados a Tarragó, por su amigo Luis Torres, anuncios de programas radiales y
bailes.
Ese mismo año viajó a Buenos
Aires, integrando el “Trío Taraguí”, que dirigía Pedro Sánchez, y que tampoco,
le daba mucho sustento.
Primero, habían sido los
muchachos escuchados, en la infancia, en Curuzú, después, las historias de
jóvenes, e impensados talentos, descubiertos en parajes remotos, leídas en “El
Alma que canta”, o vistos, en cine.
Ya en Buenos Aires, otra
visión, alimentó, sus sueños adolescentes, y hambrientos -de ídolo popular-, la
imagen de Ramón Estigarribia, músico apodado: “El Yaguareté”, comiendo con
deleite y sin privaciones, feliz, y rodeados de amigos, en un restaurante del
centro.
En aquel momento, fue además
acordeonista de Mauricio Valenzuela, de quien, más tarde, hablaría agradecido,
por sus enseñanzas profesionales, y también tocó, junto a Mario Millán Medina,
Isaco Abitbol, Ernesto Montiel, Pedro Mendoza, y Luis Acosta, quienes fueron
sus amigos, que estuvieron, cercanos, en su corto paso por la capital.
En 1944, regresó a Corrientes,
al frente de un elenco llamado “Melodías Guaraníes”, cuya dirección, en algún
momento, compartido con el cerebro y bandoneonista Oreste Hernández.
Realizó numerosas
actuaciones en el Litoral Argentino, y en Brasil, además de presentarse, en Radio
Prieto, Radio Callao, y la Voz del Aire.
Numerosos anuncios de la
época, rememoraron, lo completo del programa. Si se realizaban en un cine, la
primera incluía, por ejemplo, la proyección de “Amo del Arrabal”, “Tierra sin
Ley”, o “Baile y Pasión”, y si no, la segunda era, la única, pero ofrecía
chamamé, polcas, galopas, schotis, balseados canciones regionales en dúo.
El Bottellista, podría ser
Valentín Zárate, y si la actuación, era en Curuzú Cuatiá, el cantor y glosista,
podía ser Gregorio Benítez, encargado de la barra y amigo fiel de Tarragó.
En 1945, en vista de las
dificultades, para conseguir trabajos bien pagos, aceptó reemplazar a Tránsito
Cocomarola, en el conjunto de Emilio Chamarro.
Actuó, con él, casi tres
años, durante los cuales, maduró, como instrumentista y compositor, pero sobre
todo fue definiendo su propio estilo, que, sumado a su fuerte personalidad,
pronto desembocaría, en su carrera como director.
En 1947, en su fugaz unión
con Elias Crespina Molina, nació Antonio. Ese mismo año, decidió volver, a
independizarse, profesionalmente, y para ello, se radicó definitivamente en la
ciudad de Rosario, en las puertas del litoral, y cerca de Buenos Aires.
Intentó, sus primeros
grupos, hizo sus primeras actuaciones en la Ranchada, un local, propiedad, de
Emilia Chamorro, en el Club Huracán de Entre Ríos, en el Centro Correntino de
Rosario.
Fue allí, precisamente, en 1948,
que incorporó a Carlos Olmedo, quién sería, hasta el final, su cantor, animador,
y amigo fiel.
Aquel conjunto, se
completaba con Felipe Lugo Fernández, Rómulo Velásquez, Adriana Seva, Edgar
Estigarribia, y Alonzo, y el nombre de este título, perdido en la memoria.
Los comienzos, no fueron
sencillos. Las frecuencias eran, en las fiestas, organizadas, por los prácticos
del puerto, y también en los bailes montados, por el mismo Tarragó, en los que,
a su conjunto, se solía sumar, una orquesta de Tango, y otra de Jazz.
La suerte era diversa, sin
embargo, en aquel momento, el músico, se sentía dueño, de su oficio, y su
decisión de persistir, era cada vez, más fuerte.
Sobre todo, había sentido
agitarse de emoción, el aire, entre él y el público, cada vez que subía a un
escenario.
Trabajó así, hasta 1954, año
en el que realizó su primera grabación.
Acompañado por Antonio Niz,
y Felipe Lugo Fernández, dio una prueba en Odeón, impactando por su estilo
punzante, e irresistiblemente bailable, y grabó un disco de 78 rpm., con el
Toro, y Don Gualberto.
Su repercusión, fue inmejorable,
y al año siguiente, volvió a grabar, y a partir, de allí, comenzó su ascenso.
Ya entonces, había agregado
a las bombachas, unas corraleras, bordadas, que había tomado de las antiguas imágenes
de Carlos Gardel, a quien mucho admiraba.
Su estampa de hombre muy
alto, y de sonrisa mansa, comenzó a ser sinónimo de ese fragor alegre, que se
destacaba en los bailes, desde el primer acorde, que pulsaban sus dedos…
Llegando a los años 60, era
uno de los músicos, más populares, de toda la zona de influencia, y uno de los
mayores vendedores, de discos del país.
Los sellos discográficos, se
disputaban su contrato.
En 1964, había pasado, el
millón, de placas vendidas, y fue distinguido, con su primer disco de oro.
Más adelante, obtendría,
otro, uno de platino, y el preciado Templo de Oro, que las compañías
discográficas, ofrecían, sólo, a sus grandes estrellas históricas.
Un día, en 1966, se
encontraba, de paso por Buenos Aires, cuando se le apareció Antoñito, a quien
poco, había vuelto a ver.
Regresaron, juntos a
Rosario, y ante la decisión del jovencito, y en vistas, de sus habilidades, con
el acordeón, el padre, le dio, en su conjunto, un puesto de acordeonista
suplente y presentador.
Entre tanto, Tarragó, tenía
su propio salón, de baile, en Rosario, Humberto Primo, y no abandonaba, la
actitud gremial, en a seccional, Rosario, de la Unión Argentina de Variedad.
El 772, al que dedicara un
chamamé, era el Siam Di Tella, que manejaba Pepito, y que, en esos años,
conducía al conjunto en permanentes giras, por todo, y cada uno de los pueblos
y ciudades del Litoral.
Los sucesivos discos, larga
duración, las radios, y sus frecuentes presentaciones televisivas, afianzaron
su popularidad, cuando ya comenzaba a ser el “Rey
del Chamamé”.
En la intimidad de su casa,
en Rosario, se le podía ver cenando, a la madrugada, junto a Angelita Lezcano,
su compañera de los últimos dieciséis años, conversando con ella, y escuchando,
siempre por la radio, chamamés…
Llegó a componer, casi
doscientos temas.
“El desconsolado”, “¿Por qué
te fuiste?”, “Madrecita”, “A Curuzú Cuatiá”, “Caña con ruda”, “El afligido”, “Escuelita
de mi ayer”, son algunos de los más conocidos; grabó una veintena de discos
larga duración, e influenció, a toda una generación, de intérpretes del chamamé.
Cuando sintió, el primer y
último aviso, de su corazón, se levantó tranquilo, se afeitó, se vistió, con su
cuidada elegancia habitual, y salió para internarse, en el Sanatorio
Corrientes, en Rosario.
A las 14 horas, del sábado
15 de abril del año 1978, dejó de existir, víctima de un paro cardíaco.
Su deseo había sido dejar
sus restos en Curuzú Cuatiá, y hasta allí, fueron llevados, en un lento cortejo
fúnebre, en cada pueblo, saludado por los lugareños, que mucho lo habían
querido.
Aún hoy, suele haber flores
frescas, en su Monumento y en su tumba.
Se agradece a la Dirección
de Cultura y Turismo de la Municipalidad de Curuzú Cuatiá, todo este apasionante
informe, de la vida de su ídolo, el “Rey del Chamamé”, Tarragó Ros.
DESEO ACLARAR, QUE LA PRÓXIMA ENTREGA, SERÁ, PRECISAMENTE, EL VIDEO DEL MUSEO DE TARRAGÓ ROS, EN ESTA CIUDAD DE CORRIENTES, CORAZÓN DEL CHAMAMÉ, QUE SERÁ, SI DIOS QUIERE, DECLARADA MÚSICA Y PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD, POR LA UNESCO, TRÁMITES MEDIANTES...
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