A San Francisco de Asís, en sus 800 años…
Capítulo XXX
Como, San Francisco, envió a Fray Rufino, sin hábito, a predicar a Asís, y después, para sufrir, aquella mortificación, fue él de igual modo, e hicieron aquel día, mucho fruto espiritual.
¿Quién dime, soy Señor para que muevas
el cielo, por salvarme?
¿Qué intentos misteriosos ¡Cristo! Llevas
que a mi defensa traigas como pruebas
y el cielo, así, no pueda condenarme?
¡Oh dime¡¡Buen Señor,
que eres poder…, piedad…!
Tú siempre eres amor,
yo siempre, iniquidad.
Tú puédesme decir esa verdad
Cuyo divo claror
La vera senda muestra y el error.
Tú dices: “Esto es bueno
y aqueste es el sendero de la cruz
por dó, YO el Nazareno
con el faro de fe declara luz
te muestro los peligros del terreno,
que engañoso se muestra ser ameno.
¡Ay! Guárdate del cieno,
su gas acetileno
corrompe el cuerpo y le produce pus.
No bebas del placer, que da veneno,
que el mundo brinda, con el vaso lleno…
quien habla, es tu JESÚS.
Siempre meditabundo
por las cosas del cielo ya delira,
las cosas de este mundo
ni siquiera las mira.
Con hombres habla poco,
si mudo ya parece,
el que sin conocerle así le viese
tildárale de loco.
Mas él dentro del alma
ha fabricado un cielo;
nada le importa lo del bajo suelo
teniendo paz y calma
y el dulce AMADO, que le ama con celo.
Faltábale facundia para hablar,
por eso el predicar
costábale por cierto.
Pedíale que le hiciera mendigar…,
le hiciese trabajar
que fuese a meditar en el desierto…,
no por ello se haría él esperar…,
mas para predicar… es hombre muerto.
Fray Francisco, mirando que Rufino
padece del hablar esa dolencia…,
le manda que se ponga de camino
para en Asís, mostrase su elocuencia…,
mas Fray Rufino, haciéndose violencia
le pide que no le marque este destino,
de no saber hablar, tiene experiencia.
Mas Francisco se avino
quizás, con prepotencia,
a que cumpla el deber…, por obediencia.
Y el pobre Fray Rufino
ya acata sin chistar y con paciencia
con humildad y tino
lo que Francisco tanto reconvino.
Dice Francisco usando de rigores
“Porque no obedecistes
mostrando tus temores…,
harás lo que me oistes:
¡Bien! Quítate el sayal con el que te vistes…,
y a predicar ve con tus amores
si búrlanse de ti…, no te acalores,
menos cubierto ha estado al que pusistes
clavado en esa cruz de los dolores.
Y el grande caballero
de la región de Asís
sintióse más feliz
pensando así pagar todo el desliz
de su vivir antiguo majadero.
En la primera Iglesia, divina arca,
de aquella gran comarca
con su sermón arrecia:
“Que tras de este vivir viene la parca;
que todo aquel que ser feliz aprecia
muy mal ha de acabar sino se embarca
en la santa doctrina de la Iglesia”.
Quemó, todos los humos, que quedaban
del qué dirán los hombres Fray Rufino
y yendo de camino
quitaba aquella ropa, que convino.
Y cuando así en el púlpito le han visto
la gente más reía
y para sus adentros se decía:
“Aquel rigor ya fátuos los hacía”.
Mas no faltó quien dijo: “Siempre insisto
que santos ¡Ay! tan grandes no hube visto
y que la Iglesia ha tiempo no tenía
donde brillara la virtud de Cristo.
¡Cuando de Cristo habló
al verse en fuego celestial prendido
tal ánimo tomó,
que el pueblo ha comprendido…,
y al fin del lugar salió.
EL SANTO LLORÓ:
Y Francisco quedóse llorando…,
hincóse de hinojos,
se fue maltratando.
Se pregunta y se va sonrojado
”¿Por qué manda llevado de antojos
y no meditando
los mandatos, que, dánle sonrojos?
porque fue de Rufino abusando?”
Caballero de alcurnia elevada
fue Rufino en la vida civil…,
y Francisco con voz imperada,
a él le manda cual fueses un hostil
predicar la palabra sagrada
con la ropa exterior ¡Ay! quitada
cual loco, cual vil.
Y la gente que espera esa suerte
rompe el dique, que estaba en quebranto
y entre goces y férvido llanto
en amarle sus ansias convierte.
Y Francisco con gesto divino
pide luego con llanto en sus ojos
le perdone el celeste Rufino
su mandato basado en antojos.
Y le viste el sayal franciscano
y le pide le alumbre su luz
y besándole amante la mano
lo bendiga, le ruega a JESÚS.
Fray Rufino suspenso quedara
viendo tanta y tan rara humildad
que le pide, que le perdonara
aquel SANTO del Dios de verdad.
Y la gente gozosa al hogar
ya se vuelve cantando al Señor,
ya dejemos, dicen, de llorar
Y ENTONEMOS UN HIMNO AL AMOR.
De libro:
FLORECILLAS DE SAN FRANCISCO DE ASÍS, Presbítero José Farulla.