En este mes del año, cuando el país entra en vacaciones, aprovecho las costas del Mar Atlántico, en verano, de nuestro hemisferio, para el recargo de pilas, y me tomo un descanso.
En este año muchos argentinos, aprovechando un cambio favorable, viajaron a las hermosas costas del Brasil, y en las costas atlánticas de Argentina, condicionadas por fuertes subas del costo de la vida, disminuyó el turismo.
Hablé con un vendedor de choclos, en la playa, que hace 10 años que está estoicamente, todos los veranos aquí, y me dijo que de los 60 choclos que vendía diariamente, en esta temporada, vende apenas 30. Sus ingresos le disminuyeron un 50 %. Además muchos chalets que se ofrecen para alquilar están hoy vacíos, y las playas no están tan llenas como en otras temporadas.
De más está decir que aproveché el diálogo para comprarle en la playa, un choclo, (maíz) asado y calentito, al que siempre le coloca manteca y sal, y son deliciosos…
Cuando volvía de la playa, de mis primeros días, de la estadía, se acercó un muchacho para darme un volante con delicias gastronómicas, que sirven para contar un poco lo que disfrutamos, aquí en Argentina.
Me estoy refiriendo a las empanadas, que son algo folclórico en nuestra patria. Yo las aprendí a comer, con mi abuela, que las hacía riquísimas, y es algo que aún hoy, en mi senectud, las disfruto de sobremanera, pues mi esposa y cuñada, a pesar de ser de origen húngaro, las preparan en forma óptima.
Las empanadas, cada familia las hace de diferente forma, y aún las diversas provincias argentinas tienen variantes locales.
Pero, ¿en qué consisten?
En una masa de harina, grasa, agua y sal, que sirve para contener un puñado de relleno, que en general y lo más común es de carne, y en igual proporción, cebolla, con pasas de uva, aceitunas, y trocitos de huevo, y se elaboran al horno, más saludables o fritas, más ricas. El ingrediente preferido es el comino.
El cierre de la parte de masa, se denomina repulgue, y se hace de diversas maneras, algunas veces hasta se usa el tenedor para aplanar las dos capas de masas, o si no, generalmente, se va usando el pulgar y el índice, y se va replegando, para darle el final, tan característico.
En mi provincia, Santa Fe, se hacen con carne picada, pero por ejemplo en la de Tucumán se hacen con carne cortada a cuchillo.
Se utiliza más frecuentemente la carne de res vacuna. Pero las hay de pollo, o de carne de cordero.
Pero voy a comentarles alguno de los rellenos que se ofrecen por Mar Azul:
De carne suave, de carne picante, carne a cuchillo, pollo, pollo al verdeo, jamón y muzarella, verdura, humita, capresse, cebolla y muzarella, roquefort, roquefort y jamón, primavera, tomate y muzarella, y cantimpalo al Fondue.
Quiero refrescar, que la muzarella y el roquefort son quesos sabrosos, capresse lleva queso, albahaca y tomate, y cantimpalo es una especie de chorizo, que es un embutido.
En otro lugar cercano que es la competencia, hacen empanadas de panceta, queso y ciruelas, que constituyen un verdadero manjar.
Pese a que como bebida se popularizó mucho en Argentina el fernet con cola, lo habitual en bebidas es la cerveza y el vino tinto, muy usado para regar las empanadas. Como aperitivos, a veces se está usando también el Campari, con un ligero amargor y con naranja.
Hablando en temas gastronómicos, es de significar que algo muy preferido por los argentinos es la milanesa, que es un trozo fino de carne de res, cubierta con pan rallado, harina y huevo. Pero la variante que más hace furor en nuestras tierras es la milanesa napolitana, no sé si ese es el origen, pues aparentemente se inició en la ciudad de Buenos Aires, y consiste en cubrir, la cara superior de cada milanesa, con queso, jamón y salsa de tomate. Todas delicias para los chicos, y los no tan chicos.
Además de la oferta gastronómica, que siempre es bien recibida, aprovecho el lugar de Mar Azul, para descansar entre pinares, añosos, que se mecen al viento, haciendo un suave sonido, muy relajante, y viéndolos separarse entre ellos, en sus ápices, hasta cerca del metro, movidos por los vientos, que siempre atacan más a los pinos más altos, mientras que los más pequeños, casi permanecen inmóviles.
Es hermoso ver el amanecer, en el bosquecillo, primero porque durante la noche se encienden numerosos foquitos de luz de las casas, que dan un tono particular al lugar, como un gran e hipotético arbolito de Navidad, y que al ir apareciendo la claridad del sol, se van apagando, y se va notando cada vez más la belleza del sitio, acompañado por los gorjeos estridentes, en ocasiones, de los pájaros y los sonidos de los insectos, y croar de las ranas, que demuestran cosas que no se pueden visualizar ni vivenciar, en un hotel, EL BOSQUE ESTÁ VIVO…
A veces se escucha un pájaro que se lo llama bicho feo o ven te veo, porque su canto indica algo similar, pero el pájaro, para nada es feo, sino que el macho, ostenta una colorido vientre amarillo, y un pico particular. También se escucha el permanente ulular de palomas que han colonizado el sitio, y que constantemente se escuchan en lontananza. Son palomas grandes, que reciben buena alimentación, están volando de pinar en pinar, y a veces se pelean un poco, por ocupar determinados sitios, con otras congéneres.
Un sonido irritante y repetido, es el de los chimangos, aves cazadoras, amarronadas, y que se adaptaron muy bien al hombre, y siempre están cerca de la basura de los domicilios, o en la playa, buscando sus alimentos, cuando los turistas menguan.
Sin ir más lejos, ayer tarde, un fuerte viento norte, azotó la playa, y levantaba la arena, que picaba en nuestras piernas, lo que hizo mermar la concurrencia de turistas, y al estar la gran playa abierta, era el paraíso de los chimangos que la barrieron, siempre en busca de sus alimentos.
He escuchado también el particular sonido de grupos de horneros, unos pajarillos simpáticos, llamados con diferentes nombres en las diversas provincias argentinas, es así que por ejemplo en Santiago del Estero, le llaman Caserito, en Tucumán, Casero, y en Corrientes, Alonsito, es en su nombre científico, el Furnarius, y actúan a veces en grupo, y son célebres en la pampa, por fabricar en los árboles, un hermoso y especial nido, con barro, material que llevan y traen con sus piquitos.
Mi esposa hace años me señaló un pájaro hermoso, que también he escuchado su particular sonido: el pájaro carpintero, con su hermoso plumaje moteado…
Mención especial es para el sonido de los colibríes, que afortunadamente abundan en nuestro bosquecillo, con sus pintorescas plumas verde tornasoladas e iridiscentes, y su forma tan particular de vuelo, que los mantiene como suspendidos en el aire.
He visto también otras aves, maravillosas, que no logro identificar con precisión, algunos tordos, golondrinas tijeretas, con sus espléndidas y afiladas colas, y las de mayor envergadura, son una especie de garzas bastante altas, que tiene vuelo corto y son increíbles, pero difíciles de ver.
También en el extremo superior de los pinos suele escucharse el ruidoso canturreo de las cotorras, de poca envergadura, y también de color verde, siempre destacándose con su alboroto constante.
Como ayer fue un día ventoso, poco apropiado para las actividades en playa, decidí regresar a mi casa y practicar un deporte amado por los argentinos: hacer un asado.
¿Qué es el asado?
Algunos en otros países lo llaman barbacoa, y consiste en preparar una fuente ígnea, basándonos en carbón vegetal. El carbón, cuando se hace brasa mantiene el calor en forma constante y duradera, permitiendo el asado de la comida.
Pero como es difícil de prender fuego, se utilizan muchísimos artilugios para encenderlo, y en esto, cada hombre argentino tiene su propia manera.
Un amigo por ejemplo me sorprendió, usando un poco de pan y alcohol, otros usan otros combustibles, algunos tienen un cilindro metálico, que sirve directamente para hacer las brasas, y yo uso un método aprendido, que consiste en colocar bollitos de papel de diario, cinco o seis, y colocar encima de ellos como una tiendita, varillas de madera, y arriba el carbón, dejando que circule el aire, para que avive el fuego. Es más lenta, pero a mí me sirve. Hoy también coloqué algunas piñas de pino caídas, como maderita.
¿Pero qué coloqué en mi primera parrillada de Mar Azul?
Carne de res, denominada asado, que se obtiene del costillar, y siempre se coloca primero, con los huesitos hacia el fuego, chorizos, que son unos buenos embutidos, morcilla, de sangre de res, pechugas de pollo, y en un recipiente metálico coloqué también, arriba de la parrilla, ajíes rojos, cebollas, y berenjenas, con unas gotas de aceite.
Al terminar la cocción de las verduras, que la realicé directamente sobre la parrilla, aunque conozco que muchos las colocan en el rescoldo, directamente sobre el fuego, pero que yo decidí colocarla sobre la parrilla, para aprovechar más la verdura, totalmente, y no tener partes chamuscadas, como se hace preparándolas al rescoldo.
Aprovecho aquí a decir algún concepto médico: el asado a las brasas, es muy rico, y es una costumbre generalizada en nuestro cono sur de América, pero el fuego, sobre las carnes, produce nitrosaminas, que se ha demostrado que son cancerígenas.
Entonces se aconseja médicamente, hacer asado de carne, y utilizar verduras, para prevenir estas enfermedades del tubo digestivo, ya que si ingerimos verduras con la carne, y no carne sola, el tiempo de contacto de la carne digerida con la mucosa del intestino, es muchísimo menor.
Si solo se come carne, uno se constipa, y aumenta la exposición de la carne a la mucosa intestinal.
Se habla entonces de parrillada de verduras, y es un concepto rico y muy interesante, y no de abusar de la carne porque estamos en Argentina.
Siempre tengo presente a los vivientes en el extremo gélido de Rusia, en su norte, que se alimentan exclusivamente de carne de reno, y que son tremendamente constipados, y que deben enfrentarse en lucha, entre ellos, y solo después de un ejercicio intenso, pueden vaciar sus intestinos.
Ellos adora comer el estómago del reno, y ¿saben por qué?, pues allí hay algunos restos de vegetales, ingeridos por los renos, entre la nieve, que ellos, nunca pueden comer directamente...
Todo esto lo recuerdo, de un programa de televisión muy interesante, sobre el norte de Rusia.
Por otra parte, en la playa, se observan permanentemente los vendedores ambulantes, que caminan en la arena, acarreando sus productos, algunos son de raza negra, inmigrantes recientes de África, que venden lentes ahumados, o joyas de acero quirúrgico. También hay mujeres norteñas que ofrecen barriletes muy bien fabricados, de intensos coloridos, a los niños, y a veces juegan los no tan niños...
Por supuesto, pasan también los vendedores de comida, como facturas, que son pequeñas piezas de harina con dulces, en nuestro país es característico el dulce de leche, que uno nunca se cansa de saborear.
También están los que ofrecen churros, rellenos de dulce de leche. Los churros son una masa que se saca de una manga y después se fríe, y por último se rellena con dulce de leche, y quedan apetitosos.
Hay alguno, que con su carga en su cabeza, con una pequeña almohadilla, pasa ofreciendo chipás, que son una comida guaraní, de harina de mandioca, los paraguayos la ofrecen pronunciando chipa...
Venden licuados, y bebidas, en general, y aún helados.
También aparecen los vendedores de ropas femeninas, con sus carritos, empujados con cuatro rueditas, y que las damas se aglomeran a mirar y curiosear.
Venden panchos, que es pan de Viena con salchicha y mostaza, y rivalizan en cuál los da más grandes.
Esto es así, comida abunda, pero muchas familias, tomando mate, que es una infusión americana, que se toma con una bombilla, y comiendo algunas galletitas, engañan sus estómagos, y no gastan.
En un momento, me llegué hasta la orilla, y a unos metros observé un muchacho con pelo bien corto, y un arito en su oreja, con varios tatuajes en su tórax y abdomen, y con una pulsera anaranjada en su muñeca derecha, acompañada por una joven en bikini, con una pulsera también anaranjada, pero en su muñeca izquierda, estaban realizando esculturas de arena.
El joven había hecho un tronco cortado, con todas sus raíces, y de allí partía hacia un ángulo como un especie de enorme pie, con sus dedos, y más allá, una serie de agujeros, de adorno, en una obra que no era para nada de principiante.
Su pareja, estaba a su lado, haciendo una ballena.
Miré hacia un lado, y vi que estaba realizada una pirámide, en la arena, de unos 50 centímetros de alto aproximadamente.
Y del otro lado, un grupo de niños había hecho una montaña con múltiples orificios, y seguían trabajando, muy entusiasmados.
De repente, como de la nada, en la orilla, donde la arena está más compacta, y se puede caminar mejor, pasa rauda y velozmente un adolescente, que quiere llamar la atención, en una hermosa bicicleta, y por unos 50 metros de largo, hace un prolongado "Willis", esto le llamamos cuando el vehículo, bicicleta o moto, parándose en sus ruedas traseras, eleva majestuosamente sus ruedas delanteras.
Después se bajó, y siguió andando en la parte compacta de la playa, en su bicicleta, como si nada, dejándonos a todos sorprendidos.
Más allá, en las dunas de arena, los niños estaban jugando al sand-board, y con unas tablas alargadas, en donde colocan sus dos pies, uno delante del otro, se deslizaban hacia abajo, unos 25 metros, con gran eficiencia. Algunos lo hacían parados, y otros sentados, y llegué a ver a dos niños en la misma tabla, deslizándose desde la duna, con éxito.
Más cerca del ocaso, comienzan a pasear los turistas en los caballos, acompañados siempre por un guía, que es un muchacho joven, que los dirige, y como látigo, lleva una ramita.
Tanto Mar Azul, Mar de las Pampas y Las Gaviotas, son tres balnearios, que integran parte de la comuna de Villa Gesell, que es una ciudad que creció al lado de mar atlántico.
Es la predilecta de los muy jóvenes, y en horas de la tarde en su calle peatonal, se llena de purretada deseosa de aventuras.
Fue creada por Carlos Idaho Gesell, pues él heredó de su padre, y con un hermano, tenía una casa de artículos para niños, la Casa Gesell, y recuerdo que años ha, tenían sucursal en Rosario, y se le ocurrió, en su época plantar árboles, fundamentalmente pinos, en la arena, y así obtener madera para hacer los cochecitos de bebés, cunas y pequeñas camas, y otros artículos, cosa increíble, no...
Pero en la costa, se encontró con varios problemas: primero la temperatura, y el sol intenso, las arenas, que por vientos intensos, volaban y cambiaban muchas veces de dirección, y los mosquitos que lo asolaban...
Entonces decidió hacer su primera casa, en el sitio, que era un arenal, sin vegetación.
Y la construyó, encima de una duna de arena de 9 metros, de alto, y le fabricó en cada uno de los cuatro lados, una puerta, y ¿saben por qué?
Pues como volaba la arena y obstruía las puertas, siempre había alguna de las cuatro, que la arena, acumulada por el viento, no tapaba, y él podía salir y entrar.
Después de la duna donde edificó su primera casa, había una hondonada, y luego otra duna más alta, donde él instaló su última y definitiva vivienda. Ambas viviendas se conservan en el centro de la ciudad, y los turistas las visitan permanentemente.
Gesell disfrutaba de los días de sol y aún los de tormenta, y su decisión, en su vida, fue, que debía recubrir, todo esto con árboles...
Entonces quería plantar los pinos, pero como en verano, la arena se calienta demasiado, y esto lo saben muy bien los turistas que se cuidan de andar descalzos, por ello, el calor de la arena le mataba los retoños, y la arena se volaba, dejando sus raíces a la intemperie.
Entonces empezó haciendo en un cuadro, una plantación sembrada, de pastos duros para fijar la arena, y reparo contra los vientos, y le resultó.
Pero después tenía el problema de que la arena no tenía nutrientes, y que el agua, en este sitio, está cerca del metro de profundidad, entonces aparentemente ideó dos cosas, primero utilizó las deposiciones de sus animales, para fertilizar el suelo, y elaboró unos tubos que bañó en brea, para protegerlos de la humedad, y adentro de ellos colocó los plantines de pinos.
¿Por qué utilizó esos tubos embreados de unos 70 centímetros aproximadamente?, para que a la raíz del pino sólo le quedase la opción de crecer hacia abajo, hacia el agua, y no se extendiese transversalmente.
Por supuesto que estos tubos embreados fueron patentados por él, en la década del 30.
Y así logró que los pinos empezaran a crecer, y no pudo hacer muchos carritos para bebés, pero fue el puntapié inicial para fundar la ciudad, a partir de 1932, 1933, que sirve de descanso a muchos argentinos, actualmente, incluyéndome.
Gesell, siguió haciendo crecer la ciudad, en todo sentido, hasta su fallecimiento en 1979.
Gesell siempre dijo: "nunca tuve problemas con la naturaleza, sí con los hombres", una frase que lo marcó. Y otra frase que decía, "yo destruí el mito bíblico, no construyas tu casa sobre la arena"...
La ciudad crecía mucho, y Gesell no quería eso, paro se adaptó, relataba su hermana.
Gesell era un soñador, y soñaba con forestar parte del Sahara en África...
En otras vacaciones, seguiremos abordando facetas interesantes de la vida del fundador Carlos Gesell, que en la zona siempre se lo conoció como "el loco de los médanos"...
Volviendo a la playa, se practican diversas actividades, como la arena no es apta para el rodar de las bochas, han inventado un juego similar, los tejos, con piezas de madera, y este año, aún de plástico, y deben acercar sus fichas, los tacos, a la más pequeña de todas, que se lanza primero.
Un juego que popularizó la televisión en nuestro país, se difundió, ahora en la playa, que es el fútbol-tenis, consiste en una red grande y dos contendientes de cada lado, o de uno por lado, manejan una pelota de fútbol, hacia el otro sector, a veces solo es de cabeza y otras, solo con los pies.
Mucha práctica de fútbol en la arena, a veces padres con hijos pequeños, y las niñas, me sorprenden, jugando a la par de los varones.
También hay diversas formas de tenis, y es muy común.
Hoy, una madre jugaba con su hija al vóley.
Hay jóvenes, sobre todo adolescentes, que no se pueden despegar de sus teléfonos celulares...
Como la playa es más bien grande, hay zonas costeras donde se establece la gente, y la bajada de las dunas y un sector de la arena, permanece sin personas, es allí cuando atardece, que se llegan las blancas gaviotas, después de pescar en el mar, y los chimangos.
Ayer me sorprendí, pues vi a 16 chimangos, asoleándose, haciendo una actividad grupal, y alguno se peleaba con otro, por un mendrugo, encontrado en la arena, y permanecieron así, unos minutos, hasta que los sobresaltó, un par de turistas que se iban de la playa, y levantaron raudo vuelo, en grupo. Esto me sorprendió de sobremanera, pues es la primera vez que veo a este ave de presa, reunida en hábitos grupales.
Los chimangos son aves rapaces, y presencié un día el ataque de uno de ellos a una paloma, su captura y posterior ingesta a picotazos...
Hoy en la playa vi tres hombres jóvenes que practicaban kite-surf, en el mar, entre olas.
Mi esposa observó, cómo inician su trayecto, desde la playa, y se colocan como paralelos al agua, casi como tocándola con su dorso, y con el viento en el parapente, empiezan su excursión, sobre las olas.
Me puse a seguir con la mirada uno de ellos, que siempre tienen un fuerte arnés, para sujetar un parapente que lo identificaba, por un color vibrante rojizo.
Iba con mucha velocidad desplazándose por las olas, con una rapidez inusitada, de norte a sur a unos 500 metros, aproximados de la costa, y al llegar a un sitio, que él decidía, invertía la dirección, y retomaba la vuelta ahora de sur a norte, y así se entretenía.
Pero cuando daba ese giro, el parapente movido fuertemente por el viento, que provenía del norte, le hacía dar volteretas en el aire, que lo separaban del agua, hasta casi unos cuatro metros de alto, y en una oportunidad lo volteó, con su cabeza hacia abajo y sus pies para arriba.
Esto lo hizo, en varias oportunidades, hasta que en un giro, el parapente bajó bruscamente y quedó en el mar, y él también.
Pasaron unos minutos, que me parecieron muchos, por la espera, hasta que gracias al viento, pudo elevar nuevamente su parapente en el cielo, y seguir surfeando.
En otro día, además de varios kite-surfers, encontré un joven, que hacía equilibrio en el mar con su wind-surf, y entraba desde la orilla, perpendicular a la misma, raudamente hasta unos 600 metros, luego giraba, y repetía el trayecto inverso, hasta la costa. Pero también, él, en traje de neoprene, tuvo su bautismo en el mar, porque, en una de las tantas veces que iba hacia el mar, se elevó fuera de lo habitual, en una ola grande, y el wid-surf, dio un vuelco, y en una voltereta, todo se precipitó, directamente al agua, pero no le bastaron más de 6 minutos, aproximadamente, para continuar con su ejercicio, elevándose nuevamente.
Unos de los días más luminosos, y soleados, cuando ya atardecía, mi esposa me dice: -Mirá, mirá, un velero, y otro, y allá otro.
De repente, en el mar profundo, en el horizonte comenzamos a ver barcos a vela que desde el sur se desplazan raudos hacia el norte, en una especie de competencia náutica, y logré contar hasta, 7 veleros.
Observar sus movimientos, como se henchían sus velas, por el viento, que los impulsaba hacia su destino, y la lucha entre ellos, por sobrepasarse, fue un momento espectacular, en el horizonte, cuando caía la tarde.
En otra ocasión, pude observar otra escultura en la playa, también con arena, era un hombre, que estaba nadando estilo crol, y también estaba muy bien realizado.
Quiero destacar, que hay momentos mágicos, en los cuales uno logra sobreponerse a problemas y preocupaciones, como cuando uno se introduce en el mar, sea joven o anciano, da igual, y aunque acá, en Argentina, se siente el frío del agua cuando uno penetra en el mar, después de un instante, se siente más calidez en lo sumergido, que en la parte del cuerpo que está fuera del agua. Y lo único que se preocupa, en no caer, al ser embestido por esas olas espumosas blanquecinas, y maravillosas. Observar el mar, el cielo, casi sin nubes, las olas, la brisa, y presenciar los coloridos de los parapentes de los kite-surfers, realmente es una experiencia hermosa, y
uno agradece a la Divinidad, estas sensaciones.
También disfruto, plácidamente, de balancearme, en una cómoda y anaranjada, hamaca paraguaya, que cuelgo en dos soportes, en el frente de mi casita de madera. Mirar los pinos, y otros árboles, escuchar, los diferentes pájaros, y las hojas de los árboles, mecidas, por la brisa, también es muy agradable.
Y el otro momento lindo para mí, es hacer el asado, ya que lo único que hay que preocuparse, es el de evitar que haya fuego en llamaradas, que arrebate la carne.
Se olvidan problemas, y se alejan pensamientos, indeseables, y justo cuando estoy más relajado, tengo que emprender mi regreso a la gran ciudad.
Y cuando llego a Rosario, saben que es lo que más me cuesta: adaptarme de nuevo al ruido de la ciudad…

































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