Leyendo a Horacio Quiroga:
En un muy interesante libro, de este autor, con sus Cuentos escogidos, en uno de ellos, mientras él se ubica, en Misiones, en el Noreste de Argentina, la provincia con mayor diversidad biológica, en mi país, y relata en un cuento, sus experiencias en el Río, que nos cuenta, en sus palabras, como un espectáculo, muy diferente al del Palermo de la ciudad de Buenos Aires, con un río, encajonado entre murallones de piedra, negra, y las aguas de un tinte grisáceo…
Y, nos trae, también, un episodio, de más de una semana de copiosas lluvias, en esa monotonía de la soledad, que, le parecía intolerable, hasta que su único compañero, por ese paraje, ante la pregunta, de cómo no se inquietaba o se enloquecía, viviendo allí, con calma y mansedumbre…
Su eventual compañero, le habló, de haber pasado cosas peores, y su experiencia con el simún…
Un viento impresionante, del norte de África, que levanta montañas de arena, y que los camellos, conocedores, solo atinan a acostarse con la cabeza en sentido contario de donde sopla, y quedan así, días…
El ambiente se seca tanto, pues súbitamente, se eleva a más de 49 grados centígrados, la temperatura, y la arena, penetra por todas partes, y si alguna persona, desea, que no toque la arena, por ejemplo, un reloj, o una cámara fotográfica, debe envolverla presurosa, en algún material de protección…
La arena penetra en la boca, en los ojos, en todas partes…
Y, cuando sopla, los habitantes, se suelen introducir en sus casas, y colocar trapos húmedos en las aberturas, que deben humedecerlos, constantemente, para mitigar algo sus efectos…
Quiroga, pone en boca de este acompañante habitual, las palabras, de que uno, para suicidarse, solo tiene que intentar caminar con uno o más sombreros, que no sirven de nada…
Al inicio, observé, personalmente, las fotografías, de estas singulares tormentas de arena, que me impresionaron, con partículas elevándose, a más de cien metros, y nublándolo todo a su paso, aún el sol…
Y, comencé a darme cuenta, que no solamente, era el simún en el norte africano, si no, además, hasta en Pekin, y sitios aledaños, de China, o aún en India o Irán, hay tormentas impresionantes, muy similares…
El día, cambia, radicalmente, y la claridad, común, se tiñe, de otra tonalidad diferente, un calor elevado, y arena en cualquier forma, generan cambios en el ánimo de las personas, que desparecen, súbitamente, al cambiar el viento…
El poeta Charles Baudelaire, en “Les fleurs du mal”, imbuyó la palabra -cafard- y la expresión francesa: “avoir le cafard”, a pesar que la palabra aislada -cafard-, significa cucaracha, esta frase no se relaciona con las cucarachas, la palabra -cafard-, puede significar, recordemos, o, una persona que finge creer en Dios, un chismoso, cucaracha, o melancolía…
Y, la frase necesita el verbo avoir, como: “Je ne peux pas me concentrer aujourd’hui- j’ai le cafard”, o sea en español, no puedo concentrarme hoy, pues estoy deprimido.
Literalmente, se traduce como “tener la cucaracha”, pero refiere a estar en depresión o melancolía.
Mientras el escritor Max Aub, en su obra “Diario de jelfa”, donde al simún, le dedicó un poema:
Viento loco, tierra seca,
Boca sedienta, sediento,
Mundo ciego, arena en cielo,
Polvo, tormenta y tormento,
Vuela, y entierra y aúlla,
La arena, de duna en duna,
Tierra que aterra y entierra,
En cielo vuelto, y revuelto.
Mientras que José Zorrilla, también menciona al simún, en su poema religioso: “María, Corona Poética de la Virgen”:
De dos años abajo perecieron,
Al filo sin piedad de sus puñales,
Los niños todos de Judá-
Y se oyeron gritos del corazón
Estremecieron en pueblos,
Y en incultos eriales.
Y en llanto de dolor inconsolable,
Lloró Ramá, la flor de sus nacidos,
Y al oír los maternos alaridos,
Un ay de horror, inmenso, inexplicable,
Repitieron los ecos, conmovidos.
En tanto que Miriam y el santo esposo,
Surcando va, el piélago arenoso,
Y al soplo del simún abrasador,
Y ambos, de amor ardiendo,
Generoso, de expresar
La fatiga y el dolor.
La planta de los frutos encadena,
Aquel cielo de fuego que desploma,
Sus mortíferos rayos, en la arena,
Y como a sol, la cándida azucena,
Se inclina, así, la virginal paloma.
Y al hijo de su amor, en la frescura,
De su regazo, oculta cariñosa,
Hasta encontrar en la letal llanura,
Bajo verde enramada, deliciosa,
Escondida corriente de agua pura…
(Libro 9no. De la Huída a Egipto IV)