www.encompaniadeladultomayor.blogspot.com.ar

sábado, 3 de junio de 2017

BUENOS AIRES EN TIEMPOS DE LA COLONIA:

Buenos Aires colonial, sus orígenes:

Como es muy conocido, la ciudad de Buenos Aires, tuvo dos fundaciones, la primera, por don Pedro de Mendoza, en el año 1536, y la última y definitiva, por Juan de Garay, en el año 1580.
En ambas ocasiones, la ciudad pertenecía, el español Virreinato del Perú.
Solo en el año 1776, fue designada por la corona española, capital del recientemente creado Virreinato del Río de La Plata.
Los originarios, en esta “pampa”, eran los tehuelches, (che, significó, gente), mientras que los querandíes, otra tribu, llegaban hasta costas del río Samborombón.
En el Uruguay, la otra costa del Plata, habitaban los charrúas, y como no se conocía la navegación fluvial, estas comunidades estaban separadas.
Los guaraníes, por el norte, en el río Paraná, pescaban libremente. El nombre de Paraná, precisamente proviene de la lengua guaraní, y significa, “pariente del mar”.
En enero de 1516, Juan Díaz de Solís, desembarcó en las costas uruguayas, pero fue posteriormente atacado por los pueblos primitivos y fue muerto.
Pedro de Mendoza, es nombrado el 22 de Agosto de 1534, Primer Adelantado y Gobernador, por el rey Carlos I, de España.
Al año y dos días de ser nombrado, partió desde Sanlúcar de Barrameda, y fue encomendado a fundar cuatro ciudades.
Contaba con catorce navíos, y más de mil doscientos hombres, y trajo a América, caballos y vacas, que posteriormente algunos escaparon y se reprodujeron libremente, en toda la pampa.
Contaba con algunas mujeres, entre ellas, iba su amante, María Dávila, y catorce monjes, jerónimos, y religiosos de la Orden de La Merced.
En 1536, divisaron 2000 charrúas, en una costa, y por ello Mendoza decidió desembarcar en la orilla sur, y el 2, o el 3, de febrero, según diferentes opiniones, de 1536, funda el Puerto de Nuestra señora Santa María del Buen Aire, a orillas del río, que actualmente se denomina Riachuelo. 
Aparentemente Mendoza, que venía aquejado del mal de Nápoles, quería fundar un fuerte estratégico, en el lugar.
Pero se construyó en forma precaria, rodeado de un muro de tierra de casi dos metros de alto, y una fosa con empalizada.
Durante las dos primeras semanas, los querandíes, les proveyeron de alimentos, pero después dejaron de llevarles los alimentos.
Mendoza envió un contingente a reclamar por los víveres, que fueron atacados por los aborígenes.
Entonces Mendoza mandó trescientos mercenarios y treinta jinetes, que cayeron sobre los nativos, y con flechas, lanzas y boleadoras de piedra, fueron diezmados, y esa zona se la comenzó a conocer como La Matanza.
Cerca del lugar donde actualmente se encuentra emplazado el Aeropuerto Internacional de Ezeiza.
La población, empezó, con el paso del tiempo, a reducirse, por ataques de los nativos, peleas internas y hambruna intensa.
Los ataques de los nativos fueron más intensos, y hasta les quemaron cuatro de sus barcos, y les incendiaron los techos de sus casas, y solamente usando cañones, se libraban de ellos, pero debieron buscar ahora refugio en los barcos.
Mendoza, aquejado por la sífilis, decidió volver a España, pero falleció en el viaje, a la altura del Brasil.
Ruiz Galán, dejado por Mendoza, decidió convertirse en Gobernador, trató de mantener en el orden en un terreno que reinaba el hambre, y las crónicas del cronista Ruy Díaz de Guzmán, contó las penurias de esos primeros años: “Todo sirve de alimento: sapos, culebras, carroña, y la misma carne humana. Dos personas escondidas, recortan jirones de carne de un colgado a quien ejecutaron por robar un caballo, y se los comen”.
A fin de 1538, llegó al lugar el veedor real Alonso de Cabrera, que designaba según Real Cédula, al sucesor de Mendoza, en la figura de Juan de Ayolas, quien había fallecido en una expedición, y entonces se nombró Domingo Martínez de Irala, quien ordenó el abandono y destrucción del fuerte de Buenos Aires.
Los habitantes del fuerte, fueron trasladados a Asunción en 1541.
El padre Guillermo Furlong, cree que la fundación de la primera vez, de la ciudad, se emplazó en el Barrio de Parque Patricios, mientras que Groussac, lo sitúa en La Boca.
Otros creen que fue en Parque Lezama.
No hay aún pruebas fehacientes.
La segunda fundación fue encomendada a Juan de Garay, quien partió desde Asunción, con cien hombres.
Algunas calles de la ciudad, nombran a algunos de los primitivos fundadores de la ciudad del Plata, y se puede hablar de las calles de Franco, Escobar, Vallejos, Pareja, o Griveo.
El 11 de junio de 1580, se estableció la ciudad de La Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre, y asignó las tierras a los colonos y a un grupo de nativos guaraníes.
En el comienzo de siglo, en el XVII, la ciudad constaba del fuerte, tres conventos, y algunas casas de barro y paja.
Constaba la ciudad de un damero, que aún hoy se conserva en su casco histórico, y cada manzana era de 140 varas, y hacia la periferia estaban las chacras.
España privilegiaba al Pacífico y solamente enviaba a Buenos Aires, dos navíos de registro por año, y hubo años que aún no envió, ni uno.
Entonces, hecha la ley, hecha la trampa, dice un viejo refrán, los colonos comenzaron con el contrabando con Brasil.
Se comenzaron a instalar las vaquerías, sitios donde se cuereaban al ganado bovino, y dejaba podrir el sebo y la carne. El ganado era cimarrón.
En mediados de 1600, la ciudad contaba con 3.000 habitantes.
En 1680, el Gobernador de Buenos Aires, José de Garro, ayudado por guaraníes, combatió y venció a los portugueses que se habían establecido en la orilla de enfrente, en Colonia del Sacramento.
Esta victoria de los porteños, hizo crecer el prestigio de la ciudad.
Los historiadores que dibujan una Buenos Aires idílica, distan de lo real, pues en esta época también hubo múltiples robos, contrabandos, y crímenes de todo tipo, y existen procesos judiciales, que así lo confirman.
Y, desde 1660, hasta 1662, un viajero francés, llamado Barthélemy de Massiac, permaneció en Buenos Aires, y logró expresar: “(Buenos Aires) es como un pueblo todo abierto, cuyas casas están techadas de paja y construidas de tierra. Conté un total 450 casas, sin contar otro tanto, entre chacras o estancias en el campo, donde viven varias familias que no tienen casa en la ciudad. No hay más edificio público que el cabildo, que sirve de prisión; no tienen otra agua que la del río, que es muy buena; en el campo tienen pozos y arroyos.
La tierra es pantanosa, en algunos lugares, cercanos a las costas del gran río, donde la barranca entra en la tierra y se aleja, por consecuencia del lecho del gran río. (…)
No creo que haya más de cien casas de habitantes ricos, los demás no hacen más que sobrevivir; no hay nadie que pida limosna y hay alrededor de dos mil mujeres o jovencitas, la mayoría de las cuales, viven de su trabajo, y de sus amoríos secretos…” 
Por su parte, el viajero inglés, Acárate du Biscay, aseveró, de esa época: “Aman su sosiego y el placer y son devotos de Venus. Confieso que son hasta cierto punto disculpables a este respecto, pues las más de las mujeres son bellas, bien formadas, y de cutis terso, y sin embargo, tan fieles, son a sus maridos, que ninguna tentación puede inducirlas a aflojar el nudo sacro; pero por otra parte, si delinquen los maridos, son a menudo, castigados, con el veneno o puñal.
Las mujeres son más numerosas que los hombres, y además de españoles, hay unos pocos franceses, holandeses, y genoveses, pero todos pasan por españoles, pues de otro modo, no habría para ellos, cabida allí, y especialmente para los que en su religión difieren de los católicos romanos, pues allí está establecida la Inquisición.”
Se comenta que en el Buenos Aires de esa época, no había vino, ni cera ni aceite, para los oficios religiosos. Tampoco seda, ni tafetán, ni otro lienzo.
Ni hierro ni acero para las piezas de artillería, y para los arcabuces, ni hachas, ni lienzo para camisas, ni Holanda, ni ruan para los cuellos, ni jabones de lavar la ropa, faltando estas cosas elementales para el sustento y la vida del hombre. No todo, eran rosas…
A pesar del trato al nativo, aún resuenan las órdenes reales de Felipe II, de España: “Que se construyeran grandes edificios para que los indios entiendan que los españoles pueblan allí de asiento y los teman y respeten para desear su amistad y no los ofender.” La historia diría después otra cosa…