sábado, 13 de febrero de 2016

ILUSIONES SUBYACENTES:

ILUSIÓN SUBYACENTE:

Mi padre falta de este mundo, desde el año 2006. Extraño su compañía, y sus consejos.
Siempre fue una figura principal en mi vida.
Él era médico cirujano, cosa que pude emular.
Entre papeles antiguos, en su consultorio, que es el sitio donde actualmente ejerzo la medicina, hay un cajoncito, que destiné a guardar papeles suyos, y entre ellos muchos recortes del diario “La Capital”, que le asombraban y le gustaban de sobremanera.
Desempolvando papeles antiguos encontré, uno del diario del día: sábado 24 de febrero del año 1979, ¡qué tal!
Su editorial, que deslumbró a mi padre, estaba escrita por José Pedro Agostinelli, y como titulé el artículo, se llamó: ILUSIÓN SUBYACENTE.
Como este escrito, tiene vigencia actual, y rescatando ideas de Agostinelli, que gustaron a mi padre, relataré dicho editorial….

El 21 de marzo de 1927, en que Malraux signaba la fecha de un cruel asesinato ejecutado como indicio de una época nefasta, triste para la humanidad, que a su perspectiva padecen los hombres de esta era, en “La Condición Humana”, yo pisaba tierra europea por primera vez con el rebosante acervo espiritual que presume la juventud contrastando con la sombría visión del ilustre escritor.
“Yo y mi circunstancia”, meditaba mientras leía esa dramática epopeya de Malraux, extendida en la esencia de su expresión literaria. Mientras el mundo se sumía en irremediable perdición, mi lente de viajero no descubría más que halagos sensoriales sin ignorar, desde luego, el padecimiento eterno, que afligió siempre al hombre, como naturaleza de su ser en las eventuales alternativas de su existencia.
Encontraba entonces, en la subjetividad que impulsa las reflexiones sobre la angustia de la vida moderna tan sentida por los sociólogos y pensadores contemporáneos, un atemperado grado en ese empeoramiento del estado anímico universal, en relación a la vida espiritual, a la euforia que supone el bienestar o “la satisfacción de vivir”. Este optimista y unilateral punto de vista supone la comparación de las épocas pasadas en civilizaciones milenarias, con la era que nos toca vivir. En la extracción de los saldos no es candidez encontrar la preponderancia de la actualidad, sobre los tiempos viejos, remotos o cercanos. La simpleza de los ejemplos casi innecesarios, no por sencillos lo hacen menos evidente.
Los padecimientos, las angustias, ansias, sinsabores, incertidumbre, que lamentablemente embargan el ánimo de quienes viven en relación de dependencia, y aún en los estratos superiores, abarcando considerable número de personas que principalmente cohabitan los grandes centros poblados, son efectos consecuentes de la naturaleza humana dominada preponderantemente por pasiones, como la ambición, que si bien biológicamente puede ser generadora de superación, sus manifestaciones satisfacen interpretaciones como factor de mengua o disloque que sufre la sociedad.
La belicosidad, el odio que hoy emponzoña las masas sociales, tienen raíces múltiples, que escapan por su complejidad al análisis de los antropólogos, si se considera las conquistas técnico-científicas logradas, que sin duda en pocos años, han superado las más audaces expectativas en beneficio del confort, de la salud, educación, del trabajo, la comunicación.
Ello hace incomprensible la paradoja que supone el contrasentido de que a pesar de ese mayor confort y adelanto científico, se viva con tal zozobra e inquietud.
Esta rareza, sin embargo, puede alentar la ilusión que por ser tal, conduzca a la nivelación que impone el sentido de supervivencia inherente, no sólo a los seres, sino también a la condición humana, y el mundo como está ahora, escape así, al trágico destino del que la ciencia actual parecería coincidir con las enseñanzas de la Biblia respecto a su asolamiento, anunciado con mucha anticipación a los recientes descubrimientos de la física nuclear.
Estas tristes comprobaciones no comprenden sin embargo la generalidad ni la totalidad del género humano; ni tampoco caracterizan el grado culminante de un mundo en irremediable perdición. El hecho de percibirlo puede implicar una intuitiva rectificación, ya que las sociedades tienden a nivelarse por propias exigencias vitales, supuestamente contradictorias con la condicional postura escatológica mencionada.
Imaginando el ánimo popular de aquellas generaciones de la edad antigua a que nos lleva un vistazo por la historia de la civilización, nos ilustramos elocuentemente de estas reflexiones, bastando apenas unos ejemplos como el de los infanticidas decretos de Herodes, o de las levas de los ejércitos, las penalidades por delitos que a veces eran consecuencias del hambre, como la amputación de manos, por robos; la lapidación de los asirios, las epidemias, la servidumbre.
¿Cuál sería la tensión de los capataces a cargo de quienes estaban los reclutamientos de obreros y trabajos de las construcciones de la pirámide ordenadas por los faraones? ¿O las ansiedades de una población a la espera de las sanciones por infracciones a la contribución para mantener a los galeotes? ¿O a las angustias colectivas por atrocidades de los invasores; el desconocimiento todavía, o avasallamiento del derecho internacional? ¿O el pavoroso entonces imbatible cólera y la asoladora hambruna?
Bastan estos pocos ejemplos para evidenciar las ventajas por las diferencias culturales de convivencia humana que gozamos en la actualidad, y de los recursos científicos –sin que el recuerdo de ciertos episodios inverosímiles, fructificados en nuestro siglo XX, conformen más que un fenómeno de excrecencia social- para acreditar a nuestra época un reconocimiento de significativa y admirable realización.
Y si bien es cierto que la humanidad soporta una crisis, ésta tiene como punto de referencia, un “estado” apetecido justamente por el sentido de “lo que debería ser” en relación a las conquistas culturales y técnico-científicas; pero no premonitorias del Apocalipsis, ya que el hombre está en posesión de recursos que la razón impondrá para obviarlo.
Por lo demás, las situaciones individuales que son primarias en los estados sociales evidencian diferencias apreciativas en relación a cada uno, a su “status”.
Este concepto es aprovechable para justificar la cita de “mi meditación respecto a mi circunstancia” como objetivo de apoyo a los puntos de vista expresados. Los investigadores que tienen a su cargo la indagación del “clima” de esta época, coinciden en la existencia de un cambio universal en el orden material, espiritual e institucional que afecta al individuo y a la colectividad, compartido por la opinión general que puede ser síntoma de enfermedad, pero no de aniquilamiento.
En esta postura se sienten ya las voces admonitoria de los poderes religiosos y laicos en los congresos y conferencias internacionales y de actualidad, la Episcopal de Puebla, que hacen concebir esperanzas, en contraposición a los augures de la destrucción definitiva del mundo, tal como parece estar.
De la conciencia de la necesidad imperiosa de transformación del rumbo que lleva el mundo, y formación del estado anímico popular adecuado pueden ser factores positivos los intelectuales, que por la subjetividad de sus apreciaciones ya esbozadas, influyen en la mentalidad en diversas formas; y aunque es encomiable que la misión del escritor sea decir siempre la verdad, ésta deberá estar reemplazada por cabal conocimiento y por sanos principios de consideración al hombre como hombre; con sus derechos inalienables, en libertad, excluyendo de dicha misión los resentimientos personales o las reacciones por experiencias de frustraciones individuales que frecuentemente caracterizan a distinguidos exponentes de la literatura contemporánea.
Permítanme esta decisión de incluir estos selectos párrafos de José Agostinelli, que resultaron del agrado especial de mi padre, en vida, y que me deja saborear su recuerdo.
Mi padre, siempre se maravilló por esa frase, YO Y MI CIRCUNSTACIA, y siempre me la repetía, que no siempre se puede juzgar a otra persona sin colocarse en los zapatos de ella, para realizar un idéntico camino, y lograr así mayor comprensión. A esta frase Agostinelli, la repitió en dos ocasiones, y quizás eso sirvió de aliciente, para que este escrito se guardara en el tiempo, y hoy, con un sentido homenaje a Agostinelli, y un profundo agradecimiento a mi padre, recuerdo, tras 36  años de historia…

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